La reunión se había alargado casi una hora cuando Sophie lo sintió de repente. Un hormigueo extraño por la parte externa de la pierna derecha, como agua con gas bajo la piel. Se movió un poco en la silla, descruzó las piernas y las cruzó al revés. El cosquilleo ascendió de la pantorrilla al pie; luego llegó una presión sorda en la rodilla, de esas que sueles ignorar porque, bueno, estás ocupada. Alrededor de la mesa, todos los demás parecían perfectamente bien, portátiles abiertos, piernas cruzadas con pulcritud, como en una foto de stock. Sophie miró hacia abajo y se dio cuenta de que su pie derecho no se levantaba bien cuando lo flexionaba. Solo un pequeño retraso. Minúsculo. Pero inquietante.
Se lo tomó a risa cuando terminó la reunión.
Esa noche, no pudo dejar de darle vueltas a esa sensación.
Por qué cruzar las piernas eleva silenciosamente tu presión arterial
Sentarse con una pierna sobre la otra se siente elegante, controlado, casi protector. Lo haces en el tren, en la oficina, en una cena, sin pensarlo. El cuerpo se encoge sobre sí mismo, la espalda se redondea, la cadera gira un poco. Durante unos minutos es cómodo, casi reconfortante. Luego los dedos del pie empiezan a entumecerse y los estiras dentro del zapato, esperando que nadie note que no paras de moverte.
Lo que no ves es lo que ocurre dentro de los vasos que transportan la sangre hacia arriba y hacia abajo por tus piernas.
Los investigadores han medido la presión arterial en personas sentadas con las piernas descruzadas y, después, con una rodilla enganchada sobre la otra. Las cifras suben en cuestión de minutos. A veces 5, 10 e incluso 15 puntos en la cifra superior. Eso no es una variación insignificante para el corazón y las arterias, sobre todo si ya coqueteas con la hipertensión.
Imagina una manguera de jardín ligeramente doblada por tu propio muslo. El corazón tiene que empujar un poco más para mantener la sangre en movimiento. Durante un rato, tu cuerpo puede asumir ese esfuerzo extra. Extiende esa postura durante horas cada día y la historia cambia.
La presión sube porque cruzar las piernas comprime las grandes venas que devuelven la sangre al corazón. Debajo de la rodilla, detrás del muslo, los vasos quedan literalmente atrapados entre el hueso y el músculo. La sangre que vuelve se ralentiza, y el corazón responde aumentando la presión para que la circulación no se detenga. Al mismo tiempo, la torsión de la pelvis y la columna puede alterar ligeramente la alineación de los vasos, creando resistencia adicional. Una postura, repetida sin parar, se convierte en una especie de programa de entrenamiento silencioso para tener la presión arterial más alta.
Seamos sinceros: nadie se sienta “perfectamente” en una silla todos los días.
El nervio que pellizcas sin darte cuenta cada tarde
En esta historia de las piernas cruzadas hay otro protagonista: el nervio peroneo. Baja serpenteando por la parte externa de la rodilla, justo bajo la piel, como un cable delicado colocado demasiado cerca de la superficie. Cuando te sientas con una rodilla apilada con fuerza sobre la otra, la pierna de arriba presiona exactamente donde ese nervio rodea la cabeza ósea del peroné. Al principio notas un leve hormigueo. Luego una zona raramente adormecida. Después, un pie que ya no se levanta como antes.
Eso no es “solo circulación”. Es un nervio bajo presión.
Los neurólogos lo ven con la suficiente frecuencia como para tenerle un apodo: “parálisis por piernas cruzadas”. Una persona joven que pasa mañanas enteras en reuniones, cruzando siempre la misma pierna. Un estudiante que repasa para exámenes sentado en una silla como si fuera una postura de yoga, portátil en el regazo, tobillo bien enganchado sobre la rodilla. Un día se levanta y el pie le cae un poco al caminar, con la parte delantera arrastrando más de lo normal. Piensa que ha dormido mal. A veces desaparece a los pocos días. A veces la debilidad se queda durante semanas, incluso meses.
El nervio peroneo controla los músculos que elevan el pie y los dedos y ayuda a percibir dónde está el pie en el espacio. Si lo comprimes el tiempo suficiente, se irrita su vaina protectora, la señal se debilita y los músculos dejan de recibir órdenes claras. Ahí puede aparecer el “pie caído”: los dedos no despegan bien del suelo y caminar se siente torpe o inseguro. Cruzar las piernas no es la única causa, pero sí una frecuente e innecesaria. El cuerpo envía señales de aviso mucho antes de llegar tan lejos; simplemente estamos entrenados para ignorarlas en nombre de ser “educados” o “correctos”.
Cómo sentarte sin torturar tus nervios (y tus arterias)
Hay un punto medio entre una postura impecable de desfile y derrumbarse en la silla como una marioneta. Empieza por lo simple: apoya ambos pies planos en el suelo, separados a la anchura de las caderas. Deja que las rodillas formen aproximadamente un ángulo recto, con los tobillos justo debajo. Si la silla es demasiado alta, coloca una caja, un escalón o incluso una pila de libros bajo los pies para que queden apoyados. La idea no es mantener una pose rígida, sino evitar apilar una rodilla directamente sobre la otra durante largos ratos.
Si quieres cruzar algo, prueba a cruzar ligeramente los tobillos en lugar de las rodillas.
La mayoría de la gente solo nota su postura cuando alguna parte del cuerpo se queja. Es humano. Cambias de posición cuando el entumecimiento molesta y luego vuelves a cruzar sin pensarlo. Un truco útil es vincular la corrección a un hábito que ya tengas. Cada vez que mires el móvil, echa un vistazo a tus piernas. Cada correo nuevo o notificación del chat: pequeño recordatorio para descruzar, recolocarte y volver a plantar los pies. Y sí, se te olvidará la mitad de las veces. No pasa nada. El objetivo no es la perfección. Es romper esas maratones de varias horas de presión sobre el mismo nervio, en el mismo punto.
“Mis pacientes rara vez vienen diciendo: ‘Me dañé un nervio por cruzar las piernas’”, explica un fisioterapeuta con el que hablé. “Dicen: ‘Noto el pie débil y no sé por qué’. Cuando repasamos sus hábitos, casi siempre encontramos posiciones largas y repetitivas que sobrecargaron silenciosamente una zona.”
- Pon un temporizador de “muévete” cada 30–45 minutos para levantarte, estirar o simplemente cambiar el peso.
- Alterna qué pierna cruzas de forma natural si no puedes abandonar el hábito del todo.
- Usa un reposapiés si los pies te quedan colgando; las piernas colgando te empujan a cruzarlas para tener apoyo.
- Vigila señales de aviso: hormigueo en la parte externa de la espinilla, dedos entumecidos o un pie que “golpea” el suelo al caminar.
- Si los síntomas persisten más de unos días, habla con un médico o fisioterapeuta.
Un hábito que parece inofensivo… hasta que no lo es
La postura de piernas cruzadas casi forma parte de nuestro guion social. Te sientas, te arreglas la ropa, cruzas las piernas y solo entonces la conversación empieza de verdad. Señala relajación y atención a la vez. Cuesta cuestionar algo tan familiar, sobre todo cuando nadie a tu alrededor parece preocupado. Sin embargo, tu sistema nervioso y tu sistema cardiovascular no entienden de códigos sociales. Responden a la presión, a los ángulos y al tiempo. Una hora de compresión está bien para muchas personas. Tres o cuatro horas, todos los días durante años, es otra historia.
Si lo piensas, quizá recuerdes pequeñas luces de aviso que se encendieron y luego se apagaron. La extraña zona dormida en el empeine. La preocupación repentina cuando la pierna “no se despertó” tan rápido como otras veces. El susto breve de tropezar con nada en una acera lisa. A menudo, esos momentos se archivan como “torpeza”, “cansancio” o “hacerse mayor”. Pero ¿y si fueran tu cuerpo pidiéndote silenciosamente que te sentaras de otra manera, que le dieras espacio a ese nervio, que dejaras de entrenar tu presión arterial al alza sin necesidad?
El cambio empieza con una decisión pequeña, casi invisible, la próxima vez que te sientes en tu silla.
| Punto clave | Detalle | Valor para el lector |
|---|---|---|
| Cruzar las piernas eleva la presión arterial | Las venas se comprimen, obligando al corazón a bombear con más fuerza para mantener el flujo sanguíneo | Ayuda a personas con hipertensión o en riesgo a evitar subidas innecesarias |
| Se comprime el nervio peroneo | La presión en la parte externa de la rodilla puede causar hormigueo, entumecimiento y, a veces, pie caído | Favorece la detección temprana de señales de alarma antes de que haya daño duradero |
| Pequeños ajustes posturales ayudan | Pies planos en el suelo, menos tiempo sentado seguido y pausas regulares de movimiento | Ofrece pasos prácticos para proteger la circulación y la salud nerviosa a diario |
Preguntas frecuentes (FAQ)
- ¿Cruzar las piernas de vez en cuando es realmente tan malo? Cruzarlas ocasionalmente durante unos minutos suele estar bien en personas sanas. La preocupación aparece al mantener esa postura durante largos periodos, día tras día, especialmente si ya tienes problemas de circulación o de nervios.
- ¿Puede cruzar las piernas causar daño nervioso permanente? La mayoría de los casos son temporales y mejoran cuando cesa la presión. Si la compresión es intensa o se repite durante meses o años, algunas personas pueden desarrollar debilidad o entumecimiento más duraderos, que pueden requerir atención médica y rehabilitación.
- ¿Cruzar las piernas siempre sube la presión arterial? Los estudios muestran un aumento claro en muchas personas, sobre todo cuando la rodilla queda bien encajada sobre la otra. El efecto varía de una persona a otra, pero si tienes la tensión alta, tu médico normalmente aconsejará mantener ambos pies en el suelo.
- ¿Qué pasa si mi silla es demasiado alta y los pies no tocan el suelo? Usa un reposapiés, un taburete bajo o incluso una pila de libros resistentes bajo los pies. Cuando están apoyados, sientes menos necesidad de cruzar las piernas para mantener el equilibrio o la comodidad.
- ¿Cuándo debería ir al médico por problemas relacionados con cruzar las piernas? Busca consejo médico si notas entumecimiento u hormigueo persistentes en la parte externa de la pierna o el pie, debilidad al levantar los dedos o si el pie empieza a “golpear” el suelo al caminar.
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